amarillo napolitano thin

Una mañana sin paseo

Eusebio se despertó sobresaltado. Al tiempo que abría los ojos se quitó las sábanas de encima y se palpó las extremidades. Vio que sus pies, sus brazos y todo su cuerpo estaban como los había dejado antes de quedarse dormido. Respiró aliviado. “Menos mal que no me he levantado convertido en una cucaracha”, pensó.

Su imaginación le traicionaba en ocasiones. Era ya algo normal que al despertar saliese de un salto de la cama y mirase la habitación y a sí mismo en busca de algún cambio. Miraba todo el cuarto de arriba abajo tratando de detectar cualquier rareza. Contaba las puertas de su habitación, llevando la cuenta con los dedos, para ver si estaban las mismas que al acostarse y se asomaba al espejo para comprobar que estaba del lado correcto o si había encogido o agigantado.

Era la sexta vez que se levantaba alborotado, con la posibilidad de haberse despertado siendo un insecto. Desde que comenzó a entender algo más que los dibujos de las portadas de los cuentos que le regalaba su vecino y se atrevió a adentrarse más allá de la primera página, se le abrieron las puertas de la fantasía. Solía leer por la noche, se acurrucaba en la cama y se tapaba hasta el cuello. Daba igual que fuese verano o invierno, que lo cubriese un edredón y una manta o una sábana fina. Le encantaba leer así, sintiendo que había una barrera que le separaba a él y a su cuento del mundo exterior. Tan solo sacaba los brazos por encima de la tela y apoyaba el libro sobre su pecho. Así leía. Era común que se durmiese con el libro en las manos, y que repitiese los capítulos que había devorado esa noche en sus sueños. Tomaba el mando de las letras y se hacía protagonista de la aventura, el viaje o el drama que hubiese leído esa noche. De esta forma, se explicaba, él, para sus adentros los sustos que se daba cada mañana.

 Cada vez que se despertaba con este estremecimiento, y tras realizar lo que él llamaba el “ritual del mundo de verdad”, que ya ha quedado claro en qué consistía, lo primero que hacía era asomarse a la ventana. No era extraño que a las horas que Eusebio se levantaba, su vecino Ramón sacase a pasear a su perro, Latino. Ellos solían recorrían la calle de arriba abajo un par de veces y Eusebio sacaba la cabeza por la ventana y miraba hacia los dos lados, si los veía, se ponía unas zapatillas lo más rápido posible y bajaba aún con el pijama a acompañarlos en su paseo matutino para volver antes de que sus padres se despertasen. Ya en la calle corría hacia ellos hasta alcanzarlos. Alguna vez, Latino había salido disparado a su encuentro, ladrando y montando alboroto. Sobre todo cuando llevaba algún chusco de pan en la mano que habría sobrado de la cena.

Eusebio saludaba primero a Latino, acariciándole debajo de las orejas. Aquél era un perro sin raza, y si la tenía, nadie sabía cuál era. Más pequeño que grande, con pelaje abundante y de un marrón del que destacaban reflejos dorados. Era tanto el pelo que había que acariciarle la tripa para darse cuenta de que en realidad tenía un cuerpo esbelto. Sus ojos eran grandes, negros y vidriosos. Ramón solía decir que si tuviese el alma tan bella como los ojos sería un ángel y no un perro. Eusebio se reía cada vez que escuchaba decir eso y le daba la razón porque sabía que Latino solo era fiel a la comida y a las caricias.

Una vez se quedaba el chucho contento, Eusebio le contaba a Ramón todo lo que había leído la noche anterior, lo que había soñado y, sin falta, le narraba con todo detalle el susto que se había dado al levantarse. Los dos se reían a carcajadas, primero Ramón imaginándose la cara del chico creyéndose escarabajo o cualquier otra cosa, y luego Eusebio al ver a su confesor retorcerse sobre sí mismo, lanzando esa risotada única, tan grave y contagiosa. Le gustaba arrimarse a Ramón, comentar sus historias y aventuras. Ramón las conocía todas, pues la gran mayoría de los cuentos y libros que habían caído en las manos de Eusebio se los había prestado o regalado Ramón. Incluso algunas de esas historias eran obra suya. Aunque Ramón no era escritor, o al menos no se ganaba la vida escribiendo. Lo que le daba de comer era una pequeña galería de arte que tenía en la capital: era el pintor favorito de Eusebio.

Aquella mañana, la calle estaba vacía. Eusebio recorrió con la mirada toda la avenida y no vio a nadie, ni tampoco escuchó ningún ladrido, ni la grave voz de Ramón. Así que decidió ir a ver si estaba en casa. Salió a la calle con cuidado, pasando antes por la cocina para ver qué había sobrado de la noche anterior. Cogió medio filete de pollo para Latino y cruzó la puerta de su casa. Vivían el uno junto al otro, en una de las calles del centro del pueblo, donde todo eran edificios bajos; viviendas estrechas de una o dos plantas, pegadas la una a la otra.

La morada de Ramón se encontraba en la acera de enfrente, aunque unos metros más abajo. Tenía una persiana de plástico de un verde descolorido por el Sol y la intemperie, que escondía una puerta de madera sencilla, lisa, tan solo coronada con un picaporte de metal cromado, en la parte superior. A Eusebio le gustaba llamar a la puerta utilizando aquel picaporte. Era la única casa que conocía en la que se tuviese que emplear el utensilio para llamar, porque a Ramón no le gustaban los timbres. Decía que su ruido era demasiado agudo y molesto, y le desconcentraba si estaba trabajando. Prefería el ruido metálico de la aldaba. Aunque aquella mañana no tuvo que golpear la puerta, porque estaba abierta. Le pareció extraño, Ramón solo dejaba la puerta abierta cuando salía a pasear por las mañanas con Latino, y en la calle no había nadie. Además, llevaba un trozo de pollo en la mano y no tenía a Latino encima, ladrando y jadeando por el desayuno que le traían.

La casa estaba vacía, así que pasó dentro, y ya los esperaría allí. Conocía aquél lugar tan bien como su propia casa. Dejó a la derecha un pasillo que conducía a una pequeña cocina que hacía de salón y subió al piso de arriba. En la planta superior habían tres habitaciones y un aseo tan angosto que no podía usarse con la puerta cerrada. Toda la planta se encontraba sumida en un caos de pinturas, grabados, lienzos y pinceles. Ramón no tenía un sitio fijo en el que pintar y cuando Eusebio iba a verle, siempre lo encontraba en un lugar diferente. Incluso en alguna ocasión había visto el caballete junto a la puerta del aseo y cada vez que pasaba por delante del baño se acordaba de cuando le preguntó a Ramón qué hacía el caballete ahí y que le respondió que, por sí solo, visitar el retrete no era algo divertido. No le sorprendió la respuesta, sabía que era un hombre que tenía sus rarezas.

La luz no llegaba a los últimos escalones. La planta estaba oscura, algo extraño, cuando Ramón solía tener todas las ventanas abiertas, las cortinas descorridas y las persianas subidas para despertarse con los rayos del sol, y porque, además, le gustaba pintar con la habitación plagada de luz cálida. Y si corría brisa mejor. Pero nada, esa mañana ni una brizna de aire correteaba por la planta superior de la casa de Ramón. Se asomó al cuarto en el que dormía su amigo, pero la cama estaba vacía. Volvió a examinar el lugar y se percató de que la puerta de una de las habitaciones estaba cerrada. Se acercó y golpeó la puerta un par de veces. Nadie contestó. Volvió a avisar y, al ver que no había respuesta, giró la manivela y abrió la puerta. La oscuridad no permitía ver nada. Eusebio se acercó pegado a la pared hasta la ventana y subió la persiana. Poco a poco, el Sol fue llenando la estancia de luz. Decenas de cuadros viejos y polvorientos estaban apoyados en la pared. Eso no era extraño, lo que le llamó a Eusebio la atención fue que el caballete, con un gran lienzo apoyado encima, se encontrara en medio del cuarto.

Dejó el trozo de pollo que aún llevaba en la mano en el alfeizar de la ventana y se acercó, con curiosidad. La obra, a medio acabar, dejaba entrever la figura de una persona. Una sombra borrosa que parecía apoyada en un árbol. Por los colores cálidos y oscuros, Eusebio dedujo que se trataba de un paisaje otoñal. Ramón ya se había encargado de explicarle qué tipo de pintura era cada una, en qué se diferenciaba y para qué servían. Y aquélla parecía ser al óleo; recordaba que el óleo tardaba mucho en secar. De manera que el cuadro estaría húmedo aún. Así que, como tanto le gustaba hacer y tantas veces había hecho, cogió un botecito de óleo. Leyó la etiqueta: Amarillo Napolitano. Le hizo gracia el nombre. Se preguntó qué tendría que ver ese tono de amarillo con la ciudad italiana, o si quizá lo llamarían así por el color del bollo que tiene el mismo nombre. Al no encontrar respuesta, no le dio más vueltas y vertió una pizca en el dedo índice. Aplastó la pintura con el pulgar y, utilizando el primer dedo como pincel, perfiló las nubes que Ramón había pintado sobre un cielo anaranjado.

Algo extraño sucedió cuando el dedo, impregnado de pintura entró en contacto con el lienzo. Sintió que el dedo se hundía.

       Regalo especial

La noche anterior, Ramón no pudo dormir. Unas ráfagas de viento caprichosas se habían dedicado a deambular por toda la casa. Entraban por la ventana que daba al patio de luces comunal y salían por la que daba a la calle. En el camino dejaban los estruendosos ruidos que hacían las ventanas al cerrarse y abrirse. Latino, nervioso por los molestos golpes, se había sumado al alboroto con ladridos y carreras de aquí para allá, huyendo del estrépito de los ventanales.

Ramón se levantó de la cama. Cerró primero la ventana de su habitación y después se dirigió a la otra habitación para acabar con las corrientes de viento. Una vez allí, frente al montón de cuadros que se agolpaba en la pared, con la casa en silencio y con Latino junto a él, más relajado ahora que el viento no lo atormentaba, vio un lienzo que le trajo a la memoria un asunto pendiente. Era una pieza grande, sin acabar, o mejor dicho, apenas empezada. Tan solo un fondo marrón salpicado de sombras amarillas, tonos anaranjados y destellos cobrizos.

 A la cabeza le vino su vecino. Ese niño de diez años que muchas mañanas salía corriendo de su casa para acompañarles a Latino y a él en sus paseos matutinos. Se conocían de hace unos cuantos años. Quizá Eusebio tuviese siete años por aquel entonces. Era sábado, y Ramón se encontraba en la acera de la calle, sentado en un taburete, frente a su caballete, pintando el largo del callejón. La abuela de Eusebio iba algunos fines de semana a casa de su hija para ayudarle con los asuntos del hogar y a cuidar al niño mientras los padres trabajaban. Esa mañana, Eusebio y su abuela salían de casa para ir a comprar al mercado los ingredientes para hacer la comida, y allí estaba Ramón; con su densa barba negra y su figura espigada. Eusebio al ver la paleta, los colores y los pinceles se quedó fascinado. No quiso moverse de allí. Y la abuela, contra las rabietas de un niño de siete años, poco pudo hacer.

            —Perdona, hijo mío, ¿le importa si le dejo aquí sentado al niño mientras voy a hacer un recado? —le preguntó la abuela a Ramón—. Es que al niño le encantan eso de los colorines.

            —No se preocupe señora, si a… ¿Cómo te llamas, chaval?

            —Venga, dile cómo te llamas —inquirió la abuela, frotándole el pelo, como si la timidez fuera caspa.

            —Eusebio –contestó el niño.

            —Pues eso, que no se preocupe, que si a Eusebio le divierte lo que hago, no seré yo el que le impida verlo. Así que, déjemelo aquí que yo se lo cuido.

 La abuela se fue algo preocupada. Compró con prisa y volvió lo antes posible. De camino de vuelta se dio cuenta de que había confundido tres cosas y que había olvidado otras dos. Y hasta que no vio a Eusebio sentado en el bordillo de la acera, con la mirada perdida en el cuadro, no se quedó tranquila. Estaba asombrado al ver a aquel hombre pintar. Esa fue la primera de muchas mañanas de sábado que pasarían juntos. Si la abuela se encontraba a Ramón en la calle, le bajaba al niño para que lo hipnotizase con sus pinceles y sus colores, y no molestara mientras planchaba o fregaba la casa. Incluso, con el tiempo, la abuela buscaba a Ramón en su casa para ver si podía Eusebio pasar el rato allí. No era solo voluntad de la abuela, sino que Eusebio le tiraba de las faldas y le pedía en voz baja que lo llevara con Ramón.

No siempre iba a ver pintar. Con el tiempo, Ramón le dejaba mancharse los dedos de pintura y le indicaba que hiciese esto o aquello sobre el lienzo. Otras veces Eusebio se encontraba a Ramón leyendo y le pedía que lo hiciese en voz alta. Le leía cuentos, que luego le regalaba. A veces incluso se los inventaba y más tarde escribía los que más le habían gustado a Eusebio, que solían ser casi todos. No pasó mucho tiempo hasta que Ramón pensase que sería mejor que los dos leyesen juntos, pero cada uno de su propio libro. Al poco tiempo, Eusebio empezó a ganar agilidad con la lectura. Se aficionó a construir sus propios mundos, y pronto dejaron de bastarle el par de horas que dedicaban a la lectura las mañanas de los sábados, de manera que comenzó a llevarse los cuentos a su casa para leerlos por las noches, tapado hasta el cuello. Así comenzaron los sueños y las fantasías, los sustos mañaneros y los rituales para comprobar que era él y no otra cosa al despertar. Y con los delirios, llegaron las carreras recién levantado para unirse a Ramón y Latino, y contarles todo aquello que le había ocurrido.

Aquél cuadro era un regalo. Un obsequio que quería hacerle desde hace mucho pero nunca pudo acabar, por unas razones o por otras.

 Con tanto alboroto, Ramón ya se había desvelado, y ahora le había entrado un cosquilleo que le movía a retomar la obra. Buscó el caballete y lo plantó en el centro de la habitación. Recuperó el cuadro de entre el polvo y lo puso sobre el trípode. Preparó la paleta de colores y se puso a pintar. Trabajaba en silencio, con la luz del techo alumbrándole. Con Latino junto a él, respetando su labor. Al menos hasta que el viento comenzó a silbar al escurrirse por los resquicios de las ventanas y volviese a ponerse nervioso y a ladrar, obligando a Ramón a bajar las persianas para disfrutar de algo de tranquilidad.

 El silencio reinaba ya. Al fin. Ramón disfrutaba creando su regalo para Eusebio. Pasó toda la noche frente al lienzo, con sus óleos de colores cálidos, haciendo y deshaciendo. Definiendo y emborronando hasta que Latino decidió que ya había dedicado bastante tiempo a aquello, y que era hora de dar el paseo de cada mañana. Ramón ni siquiera se enterado de que era de día. Con las persianas bajadas, había privado a la luz de cualquier oportunidad de avisarle la llegada de una nueva jornada. Fue la inquietud de Latino la que evitó que siguiese pintando hasta quedarse durmiendo con el pincel en la mano.

Salieron, como cada mañana, hasta el final de la calle. Pero, al contrario de lo que solían hacer todos los días no dieron la vuelta para volver a casa. Latino dobló la esquina y se acercó, olisqueando, a un anciano que venía de comprar el pan. Se puso junto al hombre mayor y se sentó sobre las patas de atrás, mirando a su víctima con sus ojos negros. El señor, al ver a un perro tan educado y dócil, se paró y le acarició el lomo. Pero reanudó la marcha. Latino le siguió unos pasos y volvió a sentarse frente a él, y mirándole con cara de cachorro desamparado. Ramón venía detrás corriendo, pero cuando quiso llegar a donde estaba Latino, el perro ya le había sacado al buen hombre un chusco de pan. El dueño se disculpó por el perro, aunque al anciano le había parecido un chucho de lo más gracioso.

De camino a casa, Latino se adelantó y entró primero, alterado, como si hubiese olido algo. Cuando Ramón llegó a la altura de la persiana verde, el chucho salió a recibirlo con un trozo de pollo en la boca.

            Todo pigmento

Eusebio estaba asombrado. Al introducir su dedo, manchado de Amarillo Napolitano, en el lienzo, pasaba a formar parte del cuadro. Podía penetrar la pintura. Emocionado, trató de meter toda la mano, pero el resto de dedos se le quedaron enganchados en la superficie de la obra. Trató de hacer lo mismo con el dedo de la otra mano pero no funcionaba. Solo era capaz de hundir el dedo manchado de pintura. Probó a derramar un pegote sobre la palma de su mano. La esparció bien por toda la palma y por parte del antebrazo y lo volvió a intentar. “¡Funciona!”, pensó Eusebio. Introdujo medio brazo en el cuadro al mismo tiempo que veía cómo sus dedos pasaban a convertirse en pintura al óleo.

Eusebio estaba fascinado, aunque también algo perplejo. Se preguntaba si podría introducir el cuerpo entero. Para ello, tenía claro que necesitaría embadurnarse de pintura del pelo hasta los pies. Buscó todos los botes de Amarillo Napolitano que Ramón tenía por allí desperdigados y se los fue vaciando por el cuerpo al mismo tiempo que expandía los pegotes de pintura por encima del pijama y de la piel. Le llevó un buen rato hacerse amarillo, pero la experiencia valdría la pena, o eso pensó.

Tenía dudas de cómo entrar. No sabía si tirarse de cabeza o meter los brazos primero, estuvo dubitativo unos instantes hasta que al final pensó que lo más lógico era entrar con los pies por delante. Para caer como los gatos y no hacerse daño, así que se subió al taburete de Ramón y se apoyó sobre una pierna en el lienzo. Con cuidado, no quería estropear el cuadro si el invento no funcionaba. Pero sin darse cuenta había metido la extremidad hasta la rodilla y ahora se encontraba a la pata coja sobre el taburete. No es raro, que tan impresionado como estaba, perdiese el equilibrio, y que, para no caer al suelo, saltara sin pensárselo al lienzo.

Había entrado, aunque estaría mejor dicho que había pasado a formar parte del cuadro, pues para entrar en algún sitio se necesitan tres dimensiones. Y allí no había profundidad. Se sentía incómodo por ello. Había caído frente a la pintura, mirando la hojarasca a medio acabar, y pretendía pasear bajo las ramas de lo que parecían árboles, pero no podía. Intentaba avanzar, pero lo único que conseguía era situarse más arriba, más abajo, más a la derecha o más a la izquierda. Nunca más dentro o más fuera. Con su cuerpo pasaba algo parecido; intentó agarrarse un brazo y veía como sus dedos rodeaba todo su antebrazo, pero él no podía sentir la forma cilíndrica de su brazo. De la misma forma, si superponía sus manos, notaba como la mano que se quedaba escondida a la vista desaparecía hasta que la mano que la tapaba se movía.

Le costó un gran esfuerzo aprender a desenvolverse en aquél mundo falto de hondura. Cuando ya había comprendido que solo podía moverse según los ejes cardinales, trató de girarse sobre sí mismo. Las primeras veces que lo intentó no conseguía alcanzar el término medio. O miraba hacia el dibujo, o por el contrario se encontraba mirando hacia el sitio del que provenía, la habitación de Ramón. Con perseverancia y tras errar numerosas veces consiguió situarse de perfil, cosa que facilitaba mucho desplazarse por el cuadro.

Escuchó los ladridos de Latino de fondo. Eusebio podía oír cómo subía las escaleras jadeando. Ramón no estaría muy lejos, quería enseñarle lo que había descubierto, pero cuando Latino asomó el morro por el marco de la puerta y se quedó allí olfateando la habitación, se dio cuenta de que no había nadie con él. El perro entró en la habitación y se plantó frente al cuadro. Levantó la cabeza y miró a Eusebio con sus ojos negros, ladró varias veces, pero desistió al ver que nada se movía allí. Siguió olfateando, como si buscara algo. Al oler que lo que buscaba no se encontraba ahí, se quitó de enfrente del lienzo. Eusebio, olvidando de nuevo que allí no había profundidad, se fue hacia un lado del cuadro para ver si podía seguir al chucho con la vista. Caminaba de espaldas al dibujo, con la vista fija en la habitación, con tanto descuido que no se percató de que estaba demasiado cerca del marco. Y tan despistado fue que desapareció por uno de los lados de la obra. Ahora todo era negro. Se había salido del cuadro, y no tenía ni la menor idea de cómo salir de ese sitio oscuro. Siguió desplazándose en la misma dirección, pues parecía que allí tampoco había ni rastro de la tercera dimensión. Al cabo de un rato en movimiento, apareció en la calle de su casa.

Trató de caminar hacia su puerta, pero no tardó en darse cuenta de que no había salido de ese otro mundo al que había entrado a través de la pintura de Ramón. Se estuvo dando una vuelta y cuando pasó por el extremo inferior, vio la firma de Ramón. ¡Aquél era el cuadro que estaba pintando cuando se conocieron! Simplemente había pasado de una obra a otra. Se dio la vuelta y comprobó que seguía en la habitación. Se encontraba en uno de los tantos lienzos que estaban apoyados contra la pared. Debía ser el primero del montón. Recorrió la habitación con la vista y volvió a ver a Latino. Estaba dando saltos a la vez que jadeaba, ansioso, tratando de conseguir el pedazo de pollo que Eusebio había dejado, minutos atrás, en el alféizar de la ventana. Era divertido ver lo que era capaz de hacer aquél chucho por un trozo de carne. Pasó un buen rato hasta que consiguiera hacerse con la comida, y se fuese por donde había venido.

            Poder dormir

            -Al final vas a conseguir que te saque a pasear con correa- advirtió Ramón.

Latino ni le respondió con un ladrido ni tampoco le miró con sus brillantes orbes, pidiendo perdón a su manera. Estaba absorto con su desayuno. Pero su amo, no se dio cuenta de que llevaba algo en la boca hasta que se percató de que lo estaba ignorando.

            —Latino, ¿de dónde has sacado eso? —preguntó, como si pudiera entenderle— ¿Eso es pollo? La verdad es que no sé cómo te las apañas. Eres todo un superviviente. Pero qué más dará, ahora estoy demasiado cansado como para reñirte. Me voy a dormir. Que aproveche.

No era extraño encontrar a Ramón charlando con Latino. O al menos a Ramón diciéndole cosas a Latino. Porque el chucho solo escuchaba cuando le interesaba, o al menos disimulaba a la perfección que lo hacía. Ramón no hablaba con Latino porque el perro fuese el mejor amigo del hombre, ni tampoco porque pensase que le escuchase en algunas ocasiones, sino porque, a juicio de Ramón, un ladrido era lo más sensato que se podía contestar a más de un problema. Pero aquella mañana no tenía el cuerpo para charlas. Había pasado toda la noche sumido en una de tantas vigilias, pintando un regalo que quería dar a su amigo y vecino. Lo había estado haciendo con ilusión, y no fue hasta que cerró tras de sí la puerta de su casa que se dio cuenta que se le cerraban los ojos y que los hombros se le echaban para delante.

            —¡Ay, Ramón! Ya estás viejo —se decía a sí mismo mascullando entre dientes—. ¿Dónde quedará el chaval aquél que se pasaba tres o cuatro noches sin dormir, pintando…? Ya no me quedan fuerzas, y a veces pienso que ni las ganas tampoco me quedan —se lamentaba en voz alta—.

Continuó conversando consigo mismo, con la cabeza gacha, mientras subía las escaleras, ajeno a todo. El cansancio estaba arrancándole las penas, y la mejor opción era acostarse hasta que el cuerpo se encontrara con ganas de seguir con el regalo de Eusebio. Llegó a su habitación, se quitó los zapatos y se acostó con lo puesto, como solía hacer a no ser que hiciese demasiado calor.

Se quedó tumbado en la cama, mirando al techo durante un rato, pensando en la manera en la que iba a acabar el cuadro mientras algún bostezo que otro presagiaba su letargo. Cerró los ojos e intentó vaciar la mente de pensamientos. Y cuando el sueño se lo estaba llevando, oyó el ruido metálico del picaporte. Lo ignoró la primera vez y trató de conciliar el sueño, pero volvió a sonar de manera desesperada, una y otra vez, hasta que sin más remedio, se levantó y fue a ver quién era.

 

            Estela

Había pasado ya bastante tiempo desde que Latino había cogido el trozo de pollo. Eusebio, aún en el cuadro en el que aparecía dibujada su calle, se preguntaba qué hora sería. “Creo que hoy ya no llego al colegio, quizá a segunda hora…, aunque creo que prefiero pasearme por los cuadros de Ramón antes que ir a matemáticas”, “¿y mi madre? Mi madre me va a matar cuando me vea, lo del colegio no va a ser nada comparado con la que me va a caer cuando se entere de que he perdido una dimensión…”. Eusebio se había quedado allí pensando en el castigo que le podría caer por su aventura mientras esperaba a que Ramón apareciese por la habitación. Lo único que consiguió fue el ruido de unos pasos cercanos que iban y venían por el pasillo.

Empezaba a aburrirse, así que decidió seguir moviéndose en busca de otros cuadros. Cuando se salió del lienzo por un extremo, volvió a encontrarse con una zona oscura que, de nuevo atravesó hasta llegar a la siguiente obra. Debía ser otro cuadro de alguno de los montones que se apoyaban en la pared, aunque éste ya no era el primero. Había otra obra delante que le impedía ver la habitación. Además, estaba oscuro y la luz tan solo entraba por los resquicios que separaban los dos lienzos.

            —¡Qué poco respeto! —gritó una voz aguda, trémula, llorosa.

Eusebio se asustó del grito y trató de ver de dónde venía, pero no veía nada. Tan solo acertó a contestar:

            —Perdón… ¿Quién habla? —dijo, en voz baja, preparándose para salir corriendo hacia el siguiente cuadro en caso de que no le gustase la respuesta.

            —Habla Fabiola, niño, la amarga Fabiola… —contestó la voz, ahora algo más suavizada—. Y estoy aquí, a la izquierda.

            Eusebio buscó por la izquierda de la pintura, y allí encontró, a pesar de la oscuridad, a una mujer con un vestido negro hasta los tobillos llorando junto a un ataúd que se perdía en el lado derecho del cuadro, donde la luz no llegaba.

            —Perdone, señora Fabiola, pero ¿por qué soy un irrespetuoso?, ¿y amarga, por qué es usted amarga?, ¿es porque está llorando todo el tiempo?, y… ¿y por qué llora? —preguntaba Eusebio sin parar, ahora que ya se le había pasado el susto.

            —No… no… ¡No puedo creerlo! Este niño maleducado entra en mi cuadro, sin ni siquiera decir hola, manchándolo todo, la oscuridad, la tristeza y la lobreguez con ese amarillo hortera, y además se atreve a preguntarme por mis intimidades –gritó la mujer, deteniendo su llanto por un momento para demostrar su indignación.

            —¿Amarillo? —preguntó Eusebio con ingenuidad.

Eusebio ni si quiera se acordaba de que tuvo que impregnarse todo el cuerpo de amarillo para entrar, y hasta que aquella mujer no se lo dijo no se dio cuenta. Miró por donde había venido y percató de haber dejado una estela de Amarillo Napolitano. Todos los cuadros de Ramón por los que había pasado estaban manchados y su pasos ahora eran unos garabatos que iban de allá para acá sin ningún sentido. Se puso algo nervioso y se preguntó si Ramón se cabrearía con él cuando lo viera.

            —Sí, amarillo… ese amarillo tan alegre que le recuerda a una lo que era la felicidad… —dijo, sollozando de nuevo y sacando a Eusebio de sus pensamientos.

            —Perdone Fabiola, me acabo de dar cuenta, además no sabía que usted estaba aquí. No pretendía molestar.

            —¿No creías que saltando de un cuadro a otro al final acabarías molestando a alguien? —preguntaba, diluyendo el enfado en las lágrimas.

            —Pues… ni si quiera había pensado que aquí habrían otras… otras… Ni siquiera sabía si estaba solo.

            —Aquí todos estamos solos… —dijo Fabiola recreándose en su pena, aumentando el caudal de sus lágrimas.

Eusebio no sabía muy bien qué hacer, aquella era una situación que no se esperaba cuando atravesó el lienzo embadurnado de pintura al óleo.

            —¿Por qué llora? Quizás pueda ayudarla —lanzó la primera cosa que se le pasó por la cabeza.

            -Lloro porque la muerte no respeta a nadie.

            —¿Llora a quien está en ese ataúd? —preguntó Eusebio con algo más de tacto.

            —Sí, niño, sí…

            —Uhm… ¿y quién es la persona que está en el ataúd? Si es que se puede preguntar.

            —Yo, ¿la muerte de quién me iba hacer sufrir más que la mía? La de nadie —se contestó a sí misma.

            —No sabía que Ramón pintara cuadros tan oscuros —se dijo para sus adentros, algo sorprendido.

            —¿Ramón, dices? Ya veo que tenemos un conocido en común —agregó, abandonando las lágrimas.

            —¿Conoces a Ramón? —preguntó con ilusión Eusebio – ¿De qué?

            —Pues es un cuento con demasiado capítulos –dijo con melancolía —. Y me temo que no tienes todo el tiempo que querrías para escucharlo –advirtió Fabiola—. Así que te bastará con saber que estábamos casados y… —se le quebró la voz– me morí –dijo a la par que recobraba el llanto—. Entonces, el me inmortalizó, y aquí estoy.

Lo que Fabiola le acababa de contar, despertó en Eusebio numerosas intrigas y cuestiones. Trató de decirle algo para calmarla, pero a cada palabra, sus sollozos crecían. Fabiola estaba fuera de sí, y Eusebio tenía la impresión de que poco podía hacer. Entre otras cosas, le preocupaba más la faceta de Ramón que estaba empezando a descubrir. Jamás le había enseñado un cuadro tan triste como el que acababa de ver.

Avivado por la curiosidad, decidió seguir hacia adelante. Ahora que sabía que podía encontrar a otros como Fabiola, quería pasar de cuadro en cuadro, para ver si así podría conocer a Ramón, de verdad.

Dejó a Fabiola en su rincón y se adentró más allá del marco del cuadro. No supo si había entrado en una nueva pintura o aún seguía en el limbo entre ambas, porque estaba todo negro; al parecer el siguiente lienzo se encontraba el último del montón y tuvo que seguir avanzando hasta encontrarse en una obra a la que le llegase la luz. Desde allí pudo ver toda la habitación perfectamente, de nuevo.

Escuchó pasos que se acercaban a lo lejos. Era Ramón. Entró en la habitación desperezándose, y frotándose los ojos para sacudirse las legañas. Hasta que no se deshizo del aturdimiento típico del que se acaba de levantar, no se percató de cómo estaba la habitación. Recordaba haber dejado las persianas bajadas, y por supuesto, todos los botes de óleo ordenados y no estrujados y desparramados por el suelo. Se quedó aturdido unos instantes, apoyado en el marco de la puerta, preguntándose qué podría haber pasado allí.

Eusebio lo contemplaba desde la esquina de un cuadro cómo se rascaba la barba, con cara de intriga. Eusebio se preguntaba qué estaría pensando en ese mismo momento su amigo. Ramón abandonó sus reflexiones y se acercó a recoger el desastre. En ese momento se dio cuenta de que todos los pequeños cilindros de óleo pertenecían al mismo color. El mismo tono con el que estaban trazados unos garabatos que no recordaba haber dibujado.

            —¿Pero qué demonios ha pasado aquí? –se preguntó para sus adentros Ramón.

El pintor suspiró, sin alterarse, y se sentó en el taburete.

            —El cuadro está hecho unos zorros, y además me he quedado sin amarillo… Yo que había comprado toda esta pintura para alejarme un poco de los tonos apagados y melancólicos. Eusebio, a ver qué hago yo ahora con tu regalo… —decía, sin tener ni idea de que Eusebio lo escuchaba a la perfección.

            “¿Mi regalo?”, pensó Eusebio al tiempo que se llenaba de emoción. Pero lo que dijo a continuación Ramón le quitó la alegría de un plumazo.

            —¿Sabes qué, Eusebio? –seguía hablando con el cuadro, creyendo que nadie escuchaba— Esta mañana ha venido a verme tu madre. Parecía muy preocupada. Ha estado tocando la puerta sin parar hasta que le he abierto. Por lo visto ha ido a despertarte para ir al colegio pero no estabas en la cama. ¿Dónde te habrás metido? ¿Has estado aquí, es todo esto obra tuya? En cualquier caso, creo que es hora de irnos a otro sitio a pintar. Esta habitación no nos ha dado demasiada inspiración hoy, ¿no crees, Eusebio? –le decía al lienzo.

Ramón se fue de la habitación, y con él el cuadro, el taburete, el caballete y la paleta. Eusebio le gritaba desde su esquina, intentando llamar la atención de su amigo, pero para escuchar el arte hace falta concentración y ganas, y Ramón estaba sumido en sus propios pensamientos.

            -Ahora sí que la he hecho buena… —suspiró Eusebio– me he ido sin hacer la cama.

            —No creo que ese sea tu mayor problema –dijo una voz tenue, alejada.

            —Hola, perdone mi rastro de amarillo. Lo hago sin querer. No puedo evitarlo. Yo soy Eusebio –dijo atropelladamente, para evitar la situación del cuadro anterior.

            —¿Así que Fabiola te ha echado una buena regañina, eh? Por cierto, estoy aquí, al fondo, casi escondida. ¡Ah! Y háblame de tú.

Eusebio buscó y vio que se encontraba en un cuadro en el que había un valle florido, repleto de margaritas blancas, que antecedían a un bosque de altas y robustas secuoyas. Parecía que los árboles tenían el ramaje tan denso que la luz apenas se colaba en el bosque. Eusebio tuvo que buscar entre la maleza y los troncos de los árboles para encontrar a una mujer agazapada.

            —Ya veo que conoces a Fabiola. ¿Son todos los muertos igual de desesperantes?

            —¿Muerta? ¿Fabiola? No te creas ni una palabra de lo que diga ese grabado mentiroso.

            -¿Tampoco estuvieron casados ella y Ramón?

            —Ese es un cuento con muchos capítulos. Y tú no tienes tiempo para escucharlos todos.

            —¿Por qué? –dijo extrañado—. Fabiola me ha dicho lo mismo.

            —Mala pécora… —masculló la mujer entre dientes— ¿Tienes idea de por qué no podemos movernos de donde estamos? Me refiero a los que pertenecemos a los cuadros.

            —¿Cómo? –preguntó sin entender demasiado bien a dónde quería llegar aquella mujer.

            —No sé si te habrás dado cuenta de que la única diferencia entre nosotros y tú, es que tú aún estás húmedo. Ahora eres un pegote de óleo, una vez te seques quedarás aquí atrapado para siempre, sin ni siquiera poder moverte de aquí para allá – le explicaba a Eusebio, con dramatismo en la voz.

            —¿Entonces debería irme a casa antes de que me seque? Tampoco es tan complicado —dijo despreocupado.

            —Si lo tienes tan claro, adelante –espetó con ironía.

Eusebio, en ese momento se percató de que no tenía ni la más menor idea de cómo volver a casa. ¿Cómo recuperaría su tercera dimensión? Empezaba a ponerse nervioso, no le gustaba la idea de no poder moverse nunca más.

            —¿Cómo lo hago?

            —Pues deberías volver a tu cuadro. Si no me equivoco, Ramón debe haberte pintado allí. Ese tú, es el vínculo que existe entre este mundo y el otro. Pero me parece que lo tienes complicado. Cuando pasas de un cuadro a otro, pasas al que más cerca está, y Ramón acaba de llevarse el tuyo a otro sitio…

            —¿Cómo sabes todo esto? —preguntó Eusebio, fascinado.

            —A decir verdad, no tengo ni idea de lo que digo. Simplemente es lo que parece tener más lógica –contestó con seguridad.

            —Uhm… de acuerdo.

            Eusebio salió disparado, dispuesto a atravesar toda la carrera artística de Ramón con tal de poder llegar a su cuadro. Pero cuando estaba cerca del extremo de la obra, se paró de repente.

            —Perdón, pero la curiosidad me puede. Hazme un resumen si lo prefieres, pero ¿qué paso entre Fabiola y Ramón? —preguntó Eusebio.

            —Digamos que Ramón quería a la pintura y a Fabiola por igual, y eso a Fabiola no le gustó y se marchó. Con eso debería sobrarte. Ahora corre y sal de este sitio –ordenó -. ¡Ah! Pero antes, una última cosa. Dale recuerdos a Ramón de parte de Margarita.

            —¡Muchas gracias! –gritó Eusebio mientras se perdía en la oscuridad.

Corrió y corrió a través de multitud de cuadros. Muchos de ellos estaban debajo de cúmulos de antiguas obras que Ramón no había conseguido vender en su galería y almacenaba en casa. En la mayoría de ocasiones no había mucha diferencia entre los que estaban iluminados y los que no. Hasta entonces no se había fijado, pero Ramón tenía un estilo melancólico, triste. Algunos eran deprimentes. A Eusebio le dio la sensación de que Ramón estaba enfadado con sus pinturas. Que las hacía así a propósito.

Conforme iba saltando de obra en obra, comenzó notar que cada vez le costaba más moverse. Estaba acartonado y aquello parecía no acabar. El pesimismo de los lienzos de su amigo se le estaba pegando, y había veces en las que se le pasaba por la cabeza la idea de quedarse atrapado en un cuadro oscuro para toda la vida.

 “Creo que ya estoy en otra habitación”, se dijo Eusebio. Allí seguía sin haber demasiada luz. No podía ver correctamente la obra en la que estaba, pues tan solo entraban unos diminutos haces de luz por la ranura de una puerta a medio cerrar.

Ya estaba más cerca, al menos ya se había movido de habitación. Así trataba Eusebio de sacudirse los malos pensamientos cuando, de repente, se dio cuente de que no estaba solo.

            —¿Qué haces? —gritó una voz, enérgica, casi ensordecedora.

            —Nada. O al menos eso haré el resto de mi vida como no siga corriendo —contestó Eusebio, cansado ya de las excentricidades de aquél lugar.

            —¡Oh! ¿Nada, eh? ¡Perfecto! –volvió a decir la voz con la misma energía.

            -Déjeme, no sé quién es, ni me interesa, tengo prisa. Me voy – espetó Eusebio.

            —Pero, ¿por qué? Si haces nada, ya estás haciendo algo. ¿Y no se dice que más vale estar haciendo algo que nada? Así que, nada es mejor que hacer nada – comentaba aquella voz, medio riendo y medio gritando.

Eusebio se quedó pensando durante unos segundos antes de salir corriendo sin ni siquiera despedirse. Atravesó decenas de cuadros con rapidez, al menos todo lo rápido que pudo, teniendo en cuenta que cada vez le costaba más desplazarse. Se movió y siguió moviéndose hasta que, al fin, llegó a la habitación en la que se encontraba el caballete.

Eusebio quedó cegado por el cambio de luz de un cuarto a otro. Ahora estaba en la habitación en la que dormía Ramón, y allí estaba él, junto a su cama, pintando. Las persianas estaban subidas completamente y las ventanas abiertas. Por ellas entraba una brisa que nada ayudaba a mantenerse húmedo. Habiendo vislumbrado ya su meta. Eusebio volvió a coger fuerzas antes de correr de cuadro en cuadro. Había algunos en los que le hablaban, pero él hacía caso omiso y pasaba al siguiente. No podía permitirse pararse a conocer gente.

“Debe ser el siguiente, está ahí, tan solo un poco más”, se decía.

            De vuelta

Ramón estaba en la habitación donde dormía, pintando junto al ventanal más grande de la casa. Mientras trataba de arreglar los trazos amarillos con los que se había encontrado al despertar, no podía dejar de pensar en Eusebio. Era la persona más despistada que Ramón hubiese conocido, podría haberse quedado escondido en cualquier lugar y haber olvidado que tenía ciertas responsabilidades más allá de sus propias fantasías. Ramón sabía que lo más probable es que ocurriese eso, aunque a pesar de todo estaba preocupado por su amigo. Había buscado por toda su casa por si acaso Eusebio se hubiese quedado por allí. Además, tenía la sospecha que aquél desastre era cosa suya, pero ¿dónde se habría metido después?

Ramón, que estaba sentado en su taburete, vio como una mancha amarillenta se movía sola, con vida propia en el lienzo. Había aparecido por uno de los extremos de la pintura y ahora se movía hacia el centro. No tenía ni idea de qué podía ser aquello. Paró de dibujar y se quedó contemplando cómo se desplazaba sola. La sorpresa de Ramón cuando vio el pegote amarillo con vida no fue nada en comparación con lo que venía a continuación. Un bulto comenzaba a formarse en el centro del cuadro, algo así como una burbuja de pintura al óleo, que al explotar descubrió una mano. La extremidad se agarró del extremo inferior del lienzo a la vez que otro brazo salía de la pintura para agarrarse a la parte de arriba e impulsarse para así poder sacar el resto del cuerpo. Como si de una bala de cañón pintada de Amarillo Napolitano se tratara, el cuerpo de Eusebio salió disparado contra la cara de asombro de Ramón. Uno cayó sobre el otro, y los dos dieron vueltas por toda la habitación. Latino vino a ver qué ocurría. Se quedó en el umbral del cuarto, olisqueando, hasta que se dio cuenta de que era Eusebio y se acercó a recibir una caricia que le dejaría todo el lomo amarillo.

Eusebio lanzó un suspiro de alivio. Ramón, en cambio, no salía de su asombro.

            —Hola, Ramón – dijo Eusebio, como si nada fuera de lo común hubiera ocurrido.

            -¿Eusebio? –inquirió, con voz entrecortada.

            —¿Esperabas a alguien más? –comentó Eusebio mientras se tocaba los brazos y la cabeza – Menos mal que he recuperado la dimensión que perdí, si no mi madre me mata.

            —¿Qué te ha pasado? ¿De manera que eras tú el de los garabatos amarillos, eh? –le respondió, algo menos aturdido, mientras le miraba fijamente.

            —Me encantaría escuchar tu historia –añadió tras guardar silencio.

            —Claro, claro, pero… ¿me dejarías una toalla antes? Creo que me he cansado del amarillo.

Ramón comenzó a reírse, hasta ahora no se había parado a pensar en lo surrealista de la situación. Tenía a Eusebio frente a él, todo de amarillo, recién salido de solo él sabía dónde, sentado en el suelo, como si nada. Estuvo un buen rato tirado junto a su amigo, soltando carcajadas que hacían retumbar el piso, hasta que pudo levantarse y traerle una toalla a Eusebio.

            —Pues la verdad es que es un cuento con muchos capítulos – dijo Eusebio mientras se quitaba la pintura de la cara—. Pero ahora tengo todo el tiempo del mundo.

Eusebio comenzó a contarle su historia con todo detalle. Desde que se levantó y salió a buscarlos a él y a Latino hasta cómo y por qué descubrió el cuadro. Cuando llegó a la parte de atravesar el lienzo, Eusebio se levantó de la emoción. Daba saltos, gesticulaba con los brazos, y hasta se le escapaba algún que otro grito. Le detalló cómo funcionaba todo allí dentro, pero cuando en la historia apareció Fabiola, a Eusebio le cambió la cara.

            —He conocido a… – no supo muy bien cómo definir –óleos que te echaban de menos.

            —Ya veo. Te pido disculpas por tener que haber lidiado con esa parte de mi vida.

            —Lo dices como si no te gustase esa parte de tu vida –comentó Eusebio, ingenuo—. Creo que ahora te conozco más.

            Un silencio incómodo invadió la habitación. Se quedaron los dos mirándose.

            —Por cierto, Margarita te manda recuerdos.

            —¿Margarita? Ya veo –masculló pensativo—. ¿A quién más conociste allí dentro?

            —Pues la verdad es que a nadie más. Solo a Fabiola y a Margarita… Ya sabes que tenía prisa. ¡Ah! Y también a un hombre que no pude ver bien porque estaba oscuro, solo puedo decir que gritaba y se reía mucho. Y también decía tonterías.

            —Ese sería mi padre —contestó Ramón, sumido en sus pensamientos, como si en aquella habitación tan solo quedara Eusebio y el cuerpo de su amigo.

            —¿Ramón? ¿Estás bien?

            —Sí, tan solo me estaba acordando de ellos tres. Y me doy cuenta de que yo también les extraño – dijo, melancólico.

            —¿Pasó algo raro? Es que llevo todo el día queriendo saberlo.

            —A decir verdad, lo que pasó en muy sencillo…

            —Eso no es lo que me llevan diciendo –interrumpió Eusebio.

            —¿Cómo?

            —Nada, no me hagas caso. Sigue, sigue.

            —La culpa de que nos distanciásemos es mía. No espero que comprendas esto que te voy a contar, pero por ello no deja de ser cierto. Siempre he sido algo maniático con mis obras. Se me da mejor tratar con ellas que con las personas. Y no te tomes esto a mal, pero quizás, la única razón por la que nos soportemos mutuamente es porque somos igual de idiotas. Un par de ingenuos ilusos que encuentran su lugar bajo una sábana o más allá de un lienzo. Pero todo eso es temporal, no te puedes quedar agazapado bajo una sábana toda tu vida, aunque lo que haya fuera no te guste. Aunque nunca he entendido muy bien por qué no. Eso me frustraba, intentaba plasmarlo en lo que pintaba pero no era suficiente. La desilusión se me pegó a la piel y me volví arisco, insoportable. Un loco. Y la gente se fue alejando poco a poco, porque ni me entendían, ni yo les entendía a ellos.

El silencio volvió a llenar la habitación. Eusebio no lo comprendía del todo bien, pero el tono de voz con el que Ramón lo había contado lo llenó de calidez. Se sentía identificado con lo que su amigo quería expresar aunque no entendiese muy bien sus palabras. Se miraron durante un buen rato, de nuevo, hasta que Ramón respiró hondo y cambió el gesto de la cara.

            —Eusebio, creo que tu madre te estará esperando… – dijo amablemente.

            —¡Ostras! Es verdad. Me voy, Ramón. Mañana sin falta vengo y te sigo contando.

            —Te estaré esperando. Adiós Eusebio.

Latino acompañó a Eusebio hasta la puerta de la casa y le despidió con un ladrido.

            De vuelta

Al día siguiente, Eusebio se despertó tranquilo. Supuso que su cabeza ya había tenido demasiadas aventuras como para soñar aquella noche con más. Asomó la cabeza por la ventana y no vio a nadie. Como había hecho el día anterior, fue a buscar a Ramón a su casa. La puerta volvía a estar abierta y Latino lo recibió allí. La luz entraba a raudales por las ventanas de la planta superior.

Fue a ver si estaba durmiendo pero se encontró con una sorpresa. La cama estaba hecha, y sobre ella estaba su cuadro, el cuadro que Ramón estaba dibujando para él. Acabado. En la pintura estaba él, apoyado en la base de un roble, sentado sobre las hojas que éste había perdido mientras leía uno de los cuentos que Ramón le había escrito. Eusebio estaba que no cabía en sí mismo. Le encantaba. Era perfecto. Estaba tan emocionado que no se había dado cuenta de que junto al cuadro había una nota. Tan solo cuando una ráfaga de viento entró por la ventana e hizo volar la nota hasta sus pies se percató de su existencia. Era un papel doblado por la mitad. Era la letra de Ramón, lo sabía porque muchas de las cosas que le había regalado eran manuscritas. Ponía lo siguiente:

“Me habría gustado envolverte el regalo, pero me temo que tendrás que esperar a que seque. Creo que al fin he encontrado mi mundo. Gracias. Por cierto, cuida bien de Latino. Ramón.”

Eusebio, al leer esto, salió corriendo en busca de Ramón. Buscó por toda la casa, pero tan solo encontró el caballete montado en la habitación en la que, el día anterior, él mismo había cruzado a aquel otro mundo. Junto al caballete había un charco de pintura y un gran bote de Amarillo Napolitano. En el cuadro estaban pintados Ramón, Fabiola, Margarita y otras muchas personas, que debían ser parte de ese pasado de Ramón.

Tenían un gesto feliz dibujando en el rostro.

A Eusebio se le escapó una sonrisa cuando vio un pegote amarillento que aún se movía por todo el lienzo, dejando una estela tras de sí.