A oscuras

Sí, sí.
Yo puedo llorar
y gritar
y patear
y denunciar la trampa.
¡Llorar, llorar, llorar!
Y aunque sueltes sobre mi boca
todos los ladridos del trueno, me oirás.
Y aunque arrojes sobre las cuencas de mis ojos las lluvias
y los mares,
la amargura de mis lágrimas te llegará hasta la lengua.
¡Tuya es la luz!… ¡pero el llanto es mío!

[Nos salvaremos por el llanto. LEÓN FELIPE]

 

El despertador sonó con poca fuerza. Había que cambiar las pilas. La madre llevaba despierta ya un rato, desde que las primeras chispas de luz saltaban tímidas el muro del horizonte. Qué sensible puede volverse una a la luz. Sintió el cálido bulto revolverse junto a ella. Su hija, que se hacía la dormida, le daba la espalda para que el gesto de su cara no le delatase cuando le dijese que se levantara. Apartó la manta y el frio derritió la cálida burbuja que se había formado bajo las sábanas. El bultillo se contrajo, reafirmándose en la forma fetal de su posición.

—Fuera se está frío.

Y le llevó la ropa junto a la cama. Era tan friolera esta pobre cría. Todas las mañanas la misma historia. «Venga, pues quítate el pijama», y la niña se quitó el pijama y la madre la vistió metiendo las manos bajo las mantas: los calcetines, los tejanos, la blusa verde y hasta una chaquetilla de algodón con capucha. Todo allí, al calorcillo que aún se mantenía vivo.

—La ropa está fría.

La madre, con peso en el rostro, le metió prisa para que saliese de debajo de las sábanas. Y tan fría. ¿Pero qué le hacemos, si no hay luz, ni gas ni ya nada? Cuando la hija hizo amago de levantarse, la madre se fue a la cocina para ir preparando las rebanadas de pan tostado con aceite, con su onza de chocolate con leche y la cafetera italiana, que ponía rellena de malta al fuego de un hornillo de gas portátil. Desayunaban en una mesa redonda que había en medio del salón, con la silla de la una pegada a la de la otra y con la mantita a cuadros azules y amarillos que la niña se preocupaba en desplegar sobre las cuatro rodillas.  Y las dos apretaban con las manos la taza de malta humeante y besaban la cerámica con los labios esperando a que el brebaje se dejase beber. Y entonces las ausencias todas proyectaban su sombra. La lavadora, la secadora, la nevera, el calentador: todos callados. La música que ya no suena por las mañanas. Las canciones de Janis Joplin que la madre le ponía a su hija para animar los despertares. Y qué graciosa que estaba brincando y gritando “whoa babe”, “whoa babe”, “whoa babe”. Y ahora ya nada de nada.

Tras dejar a la niña en el colegio, la madre hizo su recorrido diario. Fue a ver a Fulana, por si alguna camarera se le había puesto mala y necesitaba que le echasen una mano, a Mengana por si quisiese que le ayudasen con la casa, a Zutana, que tenía al hijo enfermo y quizá le venía bien que alguien se quedase con él un rato. Cuando nadie, como en aquel día, la requería, se iba a la biblioteca del pueblo a poner a cargar el teléfono móvil, a enviar unos currículums con el ordenador y, sobre todo, a memorizarse algunos cuentos que luego le contaría por las noches, antes de dormir, a su niña. Y cómo le gustaban a la cría esta las historietas de aventuras y tesoros escondidos en cuevas y sitios así como muy oscuros y turbios. El bibliotecario, que era un santurrón y se sabía bien los gustos de la niña, le tenía siempre algún libro preparado a la madre. Le animaba a que se lo llevase y se lo leyese directamente o, mejor aún, que se lo dejase leer. «No, que con las velicas nos sacamos los ojos», era siempre la respuesta.

Pasado el rato de lectura, iba a recoger lo necesario para preparar la comida del día. Unas veces la compraba, otro día se pasaba por la parroquia y los domingos se llevaba, de casa de una amiga de su madre, una bandeja de canelones, un paquete de pilas y otro de velas. Y qué bien que entraban los canelones. Con su paté, su picado de cerdo y la bechamel que era una cosa loquísima. Y qué mujer. ¡Ya ves qué generosidad! El cielo, todo para ella.

Ocurría que de lo que se comía, se cenaba también, porque siempre cocinaba la madre doble a medio día. ¡A oscuras es que es imposible estar a todo! Que si la cría, las sartenes, el fuego… Nada. Mejor dejarlo hecho con buena luz y ya olvidarse. Como la niña comía en el comedor del colegio, la madre aprovechaba para fregar los platos y los vasos del desayuno; recoger y limpiar la casa; lavar a mano la ropa, las toallas, las sábanas, las mantas; reponer las velas gastadas y preparar la mochila para la ducha. Porque en invierno, cada dos días, bajaban a casa de la vecina del segundo para ducharse con agua caliente. Y ya, cuando la hija  estaba en casa y hubo merendado otro chusco de pan, bajaron las dos juntas a ducharse.

Fuera llovía y no pudieron ni ir al parque ni a pasear. La niña se sentó en la mesa redonda del salón a aprovechar el poco rato que quedaba de luz para hacer los deberes y estudiar.

El sol se recogía ausente; cuando el gris de las nubes casi se había carbonizado por completo, la niña se levantó y fue a buscar a su madre.

—Mami, ¿podemos ya?

Y como la madre vio que, efectivamente, no se daban las condiciones para el estudio, le dijo que sí. Comenzó la liturgia de las velas y las linternas. Y a la cría se le encendía la cara de ilusión. A la madre se le caía el alma a los pies. ¿A qué viene esta pobreza? ¿De dónde la han traído? Y se preguntaba si acaso sería ella la culpable. ¿Qué había hecho mal? Y si no era su culpa, ¿de quién era? La niña, nada más oír el sí, salió disparada. ¿Y qué culpa tendrá la cría de todo esta miseria? La niña volvió con el paso trastabillado, cargando con dos cajas de zapatos. «¡Pero, chica!», y la madre fue a liberarla del peso. La hija abrió una de las cajas y comenzó a llenarse los bosillos de linternas.

—La del aseo, la mía, la de mami —dijo mientras le entregaba una pequeña linterna a su madre—, la de la cocina, la de por si acaso…

Entonces salió como un tiro, corriendo por toda la casa, dejando cada una en su sitio. Al volver se encontró a su madre donde la había dejado, sentada junto a las dos cajas de zapatos.

—¡Venga! Las velas, las velas. ¿Puedo yo encender una? —y antes de que la madre pudiese decir nada— Te prometo que no me hago pupa…

Asintió y su hija le tiraba del brazo y le insistía para que fuesen a encenderlas antes de que se hiciese muy de noche. «Con muchísimo cuidado, ¿eh? Y rápido, que si no te quemas la mano», y le agarró la diminuta manita que sujetaba la cerilla y la hizo recorrer la superficie rugosa de la cajilla. La llama explotó roja. La madre guio la manita hasta la mecha de la vela. Sopló para matar la cerilla y le dio un beso en la frente. «Qué mayorzota estás hecha».

Cenaron, la una pegada a la otra, los espaguetis con tomate mal recalentados que la madre había preparado la misma mañana, con la flamita del cirio danzando en el centro de la mesa. Armaron el teatro de sombras, como todas las noches, plantándole a la televisión una sábana. La madre movía las manos lo mejor que podía, mientras intentaba que las formas que sus dedos proyectaba tuviesen alguna relación con la historieta que se había aprendido para la ocasión. «Érase una vez un hermano y una hermana que vivían con su abuelo en una cabaña en la montaña…»

—¿Pero es de tesoros?

Y la madre le dijo que sí y ya la hija se acomodó en el sofá y permitió que la función siguiese. Hasta que los ojos se le cerraron y una gota de baba se le descolgó de la comisura del labio. La madre apagó las velas y la llevó a la cama. Y ya, allí, acostada, sintiendo el calor del bultillo bajo las sábanas, miró el puñado de estrellas, veladas por una neblina rojiza, lejanas, dispersas, súbitamente recortadas por el limitado marco de su ventana. ¿Quién se ha llevado la luz? Una lágrima le abrasó la mejilla y con soberbia delicadeza, las palabras se descolgaron solas de su boca: «¿Tendré yo la culpa?»



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