Apuntes sobre el orden

Vivo en un piso que apenas tiene cuarenta y cinco metros cuadrados. Con otra persona. Aquí caben pocas cosas y las que tenemos parecen conjugarse para salir a ocupar el poco espacio para la vida que nos queda. El desorden, parece ser, se acentúa en las casas pequeñas porque en las grandes, en las gigantescas, los cacharros, los trastos y los bártulos pueden desbordar las estancias con infinita libertad. En mi habitación, en cambio, apenas cabe la cama, una mesita de Ikea donde trabajo y unas estanterías con algún que otro libro.  Esto, más mal que bien, ha acabado por imponerme cierta disciplina organizativa. Una vez por semana me enfrento a la entropía.

Tengo unas notas de hace seis años en las que escribía que la limpieza me gustaba poco. Con el tiempo, he encontrado en este ejercicio un gusto introspectivo. Detrás de amontonar, clasificar y recoger se esconde siempre una elección. Ordenar es acomodar el pasado reciente a un presente consciente: decidir qué te rodea y de qué modo. Decidir qué hacer con los libros que se desperdigan sobre la mesa, el suelo y los pocos muebles que hay en la casa; las notas arrancadas de un cuaderno que aparecen al vaciar los bolsillos de un pantalón que echaré a lavar; con los recortes de prensa que en algún momento y por alguna razón que no alcanzo a recordar, me parecieron dignos de ser guardados; con el tulipán que casi olvido que puse a secar y que ahora encuentro entre dos periódicos, plateado, con el brillo de la muerte en los pétalos; con los borradores de cartas incompletas que sé que nunca serán enviadas. Hay que decidir  que se queda. Qué se va. Qué ha de estar sobre el escritorio. Qué ha de ocupar un hueco a aquel cajón incómodo, que apenas se abre. Qué ha de esconderse en otro cajón, éste sí, accesible. Qué es secreto. Qué puede verse.

Los lugares en los que he ido viviendo son cada vez más reducidos. Lejos queda la kilométrica habitación de la casa de mis padres o del coqueto adosado con jardín en el que viví en Londres. Agradezco que la vida se me vaya reduciendo con los años, que haya un límite físico a la acumulación de lo superfluo. Aun con ello, siempre hay decisiones imposibles. Objetos que uno nunca sabe dónde guardar ni qué importancia darles, que van dando tumbos de un estante a otro semana tras semana hasta que un día se impone la necesidad de darles un espacio propio, de traerlos a la consciencia del presente. Pasó con la cajilla de madera en la que guardaba las plumas que mi padre me ha ido regalando. Después de más de medio año, sé que su sitio es el escritorio y que ha de permanecer abierta, rebosante de cartuchos de tinta negra y de estilográficas que ya no uso. Y ha pasado hoy, también, cuando he bajado a las almonedas y anticuarios del Rastro en busca de una caja latón para guardar aquellas cartas, regalos y poemas que iban danzando por la incertidumbre del espacio en el que vivo. He encontrado una, no en el rastro, en un sitio menos romántico por el que pasear, pero poco importa. Hoy he reordenado mi habitación y mientras escribo, miro la cajita de mimbres verdes, sobre una leja junto a la cama y descanso en la certeza de que ahora, todo aquello, tiene un sitio.



Una respuesta a “Apuntes sobre el orden”

  1. Cartasalmar dice:

    Tengo que discrepar con estos apuntes amigo;
    A veces, en muy pocas ocasiones, por mucho y muy intensamente que quieras guardar algo, quizás en realidad es algo que nunca podrás darle el lugar que te gustaría.
    Pues el corazón y la cabeza en muy pocas ocasiones se ponen de acuerdo en cuál y qué lugar darle a los objetos más preciados.

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