Aquellas mujeres

Aquellas mujeres thin

Mi padre es uno de los pocos hombres que pueblan mi infancia. Hay otros, desde luego, de los que quizá escriba más adelante, pero en estos momentos en los que dejo que la mirada se me hunda en el pasado me encuentro rodeado de mujeres. Mujeres que me llevaban de aquí para allá, que me arropaban, que me cocinaban, que me permitían hacer, que llenaban botellas con agua caliente y las ponían bajo las sábanas para calentar mi cama en invierno y, también, mujeres que me llenaban la cabeza de historias.

Era en verano, al desaparecer las horas de colegio, cuando más tiempo pasaba en casa de mi tía Nieves y de mi abuela Teresa. Resultó que yo era un crío introvertido y tímido y que aunque pasaba algo de tiempo con otros niños de mi misma edad, mi naturaleza me llevaba a esconderme bajo las faldas de lo conocido. ¿Y cómo me entretenía yo? Pues a fuerza de ser pesado convencía a mi tía y a mi abuela para jugar al parchís, al que siempre hacía trampas, o para que me contasen algún que otro cuento. Estos cuentos eran muy distintos a los de mi padre. De hecho, tan solo de vez en cuando conseguía que se inventasen alguno. Si se daba el caso yo les pedía que lo repitiesen cada vez que nos veíamos aunque tanto ni la una ni la otra solían acordarse de sus propias invenciones de un día para otro y acababa por conformarme con el de Garbancito o el de Hansel y Gretel –personajes que en el imaginario de mi tía y de mi abuela jamás se llamaron Hansel y Gretel; si acaso Javier y María o algo que se le pareciese-.

Y aunque estos entretenimientos tenían lugar de vez en cuando, la mayor parte del tiempo lo pasaba en silencio, escuchando las conversaciones que ellas tenían entre ellas o con sus amigas o con mis primas. Allí, en las fronteras de aquellos corrillos en los que las historias de fulano o mengano se dilataban hasta ocupar toda una tarde; en ese limbo en el que por primera vez los asuntos del mundo me llegaron crudos, yo pasé muchos veranos. Aún hoy lo pienso y me resulta curioso cómo aquellas mujeres se evadían en dichas conversaciones; cómo casi se olvidaban de que yo estaba por allí sentado, escuchando; cómo aquellos dramas que trataban sobre infidelidades, muertes, amistades traicionadas, familias descompuestas, líos de herencias y cualquier otra cosa que pudiese tener lugar en el pueblo nos atrapaban a todos. De vez en cuando, los conversaciones se iban por derroteros turbios y el sexo, siempre como un tabú insalvable, o alguien muy cercano a quien yo pudiese poner cara y nombre aparecían en el corrillo; era justo entonces cuando mi tía decía, interrumpiendo el hilo de lo que se venía hablando: «Llevaos cuidado, que hay ropa tendida».  Y eso de la ropa tendida no era otra cosa que una advertencia, es decir, que todas llevaran cuidado con lo que decían porque yo, un crío pequeño, estaba allí, tieso, sentado detrás de alguna de ellas, intrigado, atento y dispuesto a entender aquellos asuntos de la realidad que a mí entonces me parecían tan curiosos, tan vivos y tan nuevos.



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