«Derek, love from Matthew»

Derek thinHace unas semanas llevé a C. a una librería de segunda mano que hay en Brixton. Era un sitio curioso; un lugar estrecho y alargado, con pasillitos a cuyos lados se levantan paredes de libros. Al fondo, como en una plataforma elevada, había un sillón con cojines enfundados en telas de colores chillones y una mujer sentada, ojeando revistas viejas. El dueño, que debía ser el único trabajador de la librería, era un hombre de barba cana  que parlotea largo rato con algún que otro cliente sobre literatura mientras su pastor alemán iba de acá para allá con un respeto por el lugar apabullante. Aquella librería era un estereotipo; el perfecto escenario para una de esas novelas cursis que hablan sobre libros.

Curioseando en un cajón que estaba en el suelo, me encontré con un volumen de las mujeres y el impresionismo. Era grande y pesado, con las tapas duras y unas fotografías a toda página impresas en papel grueso. Encontré en una de sus primeras caras una dedicatoria. Traducida al español vendría a decir algo así como: «Derek, espero que disfrutes este libro de “mujeres”, Valerie». Estaba escrito en tinta negra y junto a la firma venía la fecha. Seis de marzo del noventa y dos. Lo releí varias veces, intentando adivinar qué segundo sentido habría querido darle Valerie a la palabra mujeres con aquellas comillas. Una quimera comenzó a armárseme en la cabeza. Dejé el libro y seguí picoteando mientras Derek y Valerie eran, en mi imaginación, amigos, madre e hijo, amantes apasionados y amantes desengañados al mismo tiempo; algo así como una especie de narración cuántica que lo era todo y puro humo al mismo tiempo. Acabé comprando el libro y dedicándole un rato más a especular con C. sobre aquellos dos.

Luego, ya más tarde, en la tranquilidad de la lectura, me encontré con un separador entre dos páginas. Era ovalado y por un lado, sobre unos motivos fractales de colores púrpuras y azules venía impreso un «Happy Birthday». Por el otro lado, con la caligrafía de un crío, traía escrito: «Derek, love from Matthew». Como era previsible, aquella nueva aparición alimentó aún más mis delirios. De aquello ya hará casi un mes pero aun hoy, cada vez que vuelvo a ojear los cuadros de Mary Cassat y Berthe Morissot, me acuerdo de aquellos tres. Nunca sabré qué serían o qué les unía pero me consuela pensar que aquel libro, impreso hace veintitantos años, ha tenido más lecturas que las mías, que ha tenido su propia historia.

En ese momento de soledad que es la lectura, estas huellas y cicatrices; estas otras vidas de los libros vienen a arrullarme, a acompañarme y a confirmarme que la belleza de las pinturas impresionistas es universal, que ha habido otras manos que han sostenido aquel volumen y otros ojos que han devorado aquellos párrafos e imágenes. Y es esa misma compañía distante la que sentí cuando me encontré aquel calendario del año 1972 en un ejemplar de Niebla que compré en un viaje a Bilbao o cada vez que me topo con un párrafo subrayado o una glosa en un margen.

Una vez le leí a Perez-Reverte que cuando hacía limpieza en su biblioteca se encargaba de ir eliminando las huellas que él había ido dejando en sus libros. Él escribía que lo hacía para que nadie se compadeciese de su naufragio en cualquier tenderete. Era consciente de esta otra vida de los libros; es decir, era consciente de que sus libros han hecho suyas sus heridas, sus pérdidas y sus batallas y que, llegado el momento y en el mejor de los casos, su biblioteca tocará otras manos y será devorada por otros ojos.  Habrá un nuevo lector que no solo heredará sus libros sino que se interrogará sobre aquella huella dactilar estampada en sangre, propia o ajena, sobre la página de título de Memorias de La Rochefoucauld y se dejará abrazar por la certeza de que aquel libro ya sació las desdichas y las preguntas de otro antes que él.



Una respuesta a “«Derek, love from Matthew»”

  1. Tu Padre dice:

    Genial como siempre.

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