La galleta de la buena leche

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Un día mi madre llegó a casa con un gran bote de plástico, estaba lleno de galletitas envueltas en un papelillo blanco con manchas azules que imitaban a las de una vaca. «Galleta de la buena leche», venía escrito en cada uno de los envases. Habría decenas de aquellas galletitas. Eran un producto de una conocida marca lechera e imagino que por alguna suerte de promoción irían a parar la pastelería y mi madre, al no saber muy bien qué hacer con tanta galletilla las traería a casa. Me llevé aquel bote a mi habitación. Lo recuerdo sobre el escritorio. Recuerdo el papel brillante centellear con la luz del monitor del ordenador. Recuerdo, también, el momento en el que le enseñé aquel bote a S.; y aunque no recuerdo qué dijo recuerdo su cara. Creo que me reí y que le dije que probara una, que estaban muy buenas. Eran suaves de sabor y dulces, muy dulces. Y dejaban como una textura arenosa en la boca. Eran tiempos felices. Quizá los más felices. Eran aquellos bocados de pura felicidad.

Las primeras veces las comíamos a puñados, pero conforme aquel dulzor granulado en la boca se iba acompasando a la intensidad con la que vivíamos fuimos dosificándolas. Porque quedaban pocas y porque aquel ritmo con el que ingeríamos azúcar era insalubre y no, como a mí me gusta pensar, porque pensábamos que había algún tipo de vínculo secreto entre lo lleno de aquel bote y aquellos tiempos de vida pura.

La idea de abrir un blog vino por aquel entonces, cuando quedaban ya pocas galletas. Reconozco que tenía un ansia por contar aquellos bríos y aquellos brillos que la vida me había puesto delante y también un anhelo por entender y por entenderme en aquellos ratos de pasión acalorada. Dicho con otras palabras; tenía la tonta necesidad de compartir una felicidad que yo sentía desbordarme y el título del blog me pareció que debía ser el que fue. La descripción del mismo era tan tonta y cursi como la intención con la que comencé a escribir en él:

Tómese una galletita, despéjese de sus quehaceres diarios, coja aire y piense que el mundo no se acaba con sus problemas, ni siquiera el suyo. Párese y piense, disfrute, siéntase vivo y si quiere, solo si usted quiere, coja un trozo de mi galleta. Es gratis.

Y allí empecé a escribir, o al menos lo hice con cierta asiduidad y con consciencia de querer escribir. Aforismos, microcuentos, reflexiones estúpidas -pero siempre llenas de una vitalidad inocente- y algunas otras cosas que se me iban ocurriendo. Hace ya un tiempo que está en desuso y no me atrevo a publicar nada allí. Del mismo modo, aún guardo una galletilla de la buena leche en una caja de latón, junto con otros souvenirs, que no me atrevo a abrir ni a comer. Quizá porque está toda machacada y destrozada y solo se puede tentar arenilla dentro del envoltorio. Ambas son reliquias de otro tiempo. Hay cuentecillos e ideas que están allí aun publicados a los que les tengo un gran cariño y que con solo leer el título me inundan el pecho de nostalgia. Suelen ser los mismos que me recuerdan que, en parte, ha sido el amor el que me ha traído a la escritura.

La galleta de la buena leche



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