Los cuentos

azorin

Desandar el recuerdo hasta la niñez es un ejercicio errático. Todo aquello es lejano y caótico; todo se mira a través de una gasa traslúcida. Tan solo algunas viñetas diminutas se dejan ver con nitidez. Y en casi todos estos retazos donde clarea el pasado me veo por la noche, acostado en una de las camas de mi habitación; en la de la derecha, que era la que estaba pegada a la pared; la mía, en la que siempre dormía. La otra, la de la izquierda, apenas se usaba para dejar, bien estirada, la ropa que me pondría al día siguiente. Allí yo esperaba agazapado bajo las sábanas, con la luz de una lamparita de pared -con el dibujo de Mickey y Minnie Mouse- manchando toda la habitación de violáceos y verdes tenues, a que mi padre volviera de trabajar.

Cuando esto ocurría, yo lo llamaba o saltaba de la cama e iba a buscarlo para llevarlo a la habitación, donde le exigía lo de todas las noches: un cuento. Y a veces hasta dos, o varios más. Dependiendo del cansancio que arrastrase aquel día, se sentaba en el borde o se acostaba junto a mí. En ese mismo instante en el que la luz tenue de la lamparita preñaba las paredes de color y los dos estábamos en la cama, la liturgia comenzaba. «¿Cómo lo quieres?», solía ser la iniciación del rito. Y yo a eso contestaba casi siempre lo mismo. «De tesoros». Empezaba tras aquello la enumeración de mis caprichosas exigencias narrativas, que un día podían ser muchas y muy exhaustivas y que otro día bien podían ser inexistentes.

Mi padre tenía una colección de personajes, lugares, tramas, giros e intrigas limitadas, pero que conseguía entremezclar y airear cada noche para que a mí, en aquella ingenuidad candorosa, los cuentos me pareciesen nuevos y fascinantes. Las historias solían darse en lugares alejados de la civilización, donde un chaval, siempre inteligentísimo y siempre, también, huérfano, vivía con su abuelo. Eran éstos montes repletos de cuevas angostas, pasadizos de orígenes inexplicables, mazmorras y rincones por los que no se podía andar mucho tiempo sin que un secreto prometedor de aventuras embriagase al protagonista.

Una vez mi padre comenzaba a narrar yo no me recogía en mi pasividad si no que me tensaba bajo las sábanas y aguardaba esperando a que la historieta se torciese y justo ahí le interrumpía y le decía que no, que así no, que la historia tenía que ser así o asá y que desde luego, no me gustaba como estaba empezando. En estos casos, no me sobraba a mí que recondujese el cuento sobre la marcha sino que le obligaba a empezar de nuevo.

El final del cuento siempre traía consigo una especie de período de negociaciones en el que los dos regateábamos la duración y la cantidad de los cuentos que quedaban. Es éste un recuerdo vaporoso y como vivido en otra vida u otra dimensión. ¿Esto paso así o es mi imaginación la que lo apaña y lo decora? Es decir, ¿pasaba aquello de que yo le decía que quería dos cuentos largos y él me decía que no, que dos cortos o como mucho uno largo más? Porque, aunque me parece que lo recuerdo y tengo la certeza de que esta imagen levita en mi memoria, es una imagen única, como si todas las otras noches de cuentos se hubiesen apretado en el mismo lugar de mi mente, como si todas, fusionadas, hubiesen creado una imagen idealizada: una noche de cuentos que nunca ocurrió. Una mentira o un espejismo, pero a fin de cuentas, una mentira o un espejismo con la capacidad y la fuerza suficiente como para evocar las otras noches.

Ahora, al recordar, me parece que así funciona la memoria; como una narradora mentirosa y que en complicidad con la imaginación, le fabrican a uno espejismos. Espejismos que le sirven a uno para echar cuentas con la realidad; con la verdad del mundo. Pero esto, que también se ha dicho mucho de la literatura, no es nada nuevo; si acaso un lugar común agradable de visitar.

En esta noche, en la que mi padre me contaba cuentos, yo no me quedaba durmiendo nunca mientras éstos eran contados. Él a veces sí y yo le despertaba y le insistía para que siguiese y él seguía con los ojos cerrados, con la voz medio perdida y más preocupado en ganarle unos minutos al cansancio que en la propia historia. Era tan solo cuando los cuentos se acaban y mi padre se negaba a negociar y cubría con una camiseta la lamparilla para hacer la luz más tenue cuando yo ya me dormía.



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