Sobre la responsabilidad de amar

Sobre la responsabilidad de amar thinLlevo ya unas semanas en Londres. De momento vivo en un albergue y parece ser que aquí estaré por unas semanas más. Un albergue es un sitio incómodo; una pequeña urna de cristal en la que rigen una ristra de leyes propias y extrañas. No hay intimidad y si la hay se limita a la que puedas hacer tuya en una habitación en la que también duermen once personas. Tampoco hay propiedad privada porque a pesar de que en las despensas de la cocina cada producto lleva una pegatina con el nombre del propietario, su  número de habitación, de cama y la fecha de salida, nada te libra de que un italiano te robe tu aceite de oliva. La única sensación de posesión material que puede aguardarse aquí es la que una taquilla te ofrece. Eso sí, el candado tráelo de casa. A pesar de ello un albergue es un lugar amable, un caladero de gente solitaria que carga con pesadas mochilas a los hombros, de gente que trae a rastras la desilusión de un exilio, de gente ansiosa de vida que busca encontrarse. Un albergue es un panal de vitalidad e historias. Y en tan solo un par de semanas he saboreado el sabroso dulzor de conocer, de hablar y de escuchar y también aquí he recibido la amarga picadura de tener que decir adiós.

De entre todo ese revolotear de gentes e historias hay un episodio que me viene dando vueltas por dentro. Es sobre algo que me dijo uno de los huéspedes. Éste era un italiano, otro, otro que no se dedicaba sistemáticamente a robarme el aceite de oliva. No contaré aquí como nos conocimos, a riesgo de que sea relevante para la historia. El italiano resultó que había estudiado filosofía y que venía a Londres a vivir y si eso, a seguir estudiando. Hablamos sobre Nietzsche, sobre Cioran, sobre Stirner, sobre el anarquismo, sobre cómo se había reducido éste a un mero estereotipo vacío y también hablamos un poco sobre nosotros. Le conté que había venido a Londres con Sandra, que llevábamos juntos casi cinco años y algunas cosas más. El italiano, que tenía la  cara muy chupada y alargada, con los huesos del rostro muy presentes en la carne, abrió los ojos con notable asombro.

—¡Oh! —añadió al gesto de asombro — Biuriful, very biuriful.

Y del mismo modo que habíamos conducido la conversación por lugares tan truculentos como la muerte, el nihilismo y el sentido del individuo en el mundo, es decir, en un dialecto que bebía del inglés, del castellano y del italiano y que creamos en aquel mismo instante con el fin de entendernos, me dijo —no recuerdo con qué palabras—, que aquello de estar a estas edades tanto tiempo con la misma persona era algo bonito; que habíamos vivido tramos de nuestra vida tan significantes como la salida de la adolescencia, que no sólo nos habíamos visto crecer, madurar y cambiar sino que nosotros mismos nos habíamos moldeado las personalidades, las maneras de ser, los miedos, las pasiones, la esencia siempre cambiante del ser humano.

Biuriful, very biuriful — volvió a decir el italiano mientras asentía con la cabeza.

Aquella idea me pareció de un romanticismo tan puro que me cautivó y me llenó las entrañas de un calorcillo que me reconfortó en ese estar lejos de tantas cosas. Me pareció hasta algo cursi y ñoño; me pareció una idea inofensiva. Nada más. El italiano se quedó en el hall del albergue y yo me fui a dormir. Desde entonces llevo incubando aquella idea. Ya no se me presenta como un mero esteticismo, como una de esas ideas que le decoran a uno la cabeza como lo hacen esos cuadros que hay en las casas y que nunca nadie los mira. Pero no es inofensivo asumir que el amor tiene esa potencia creadora y moldeadora, que hace en las personas lo mismo que el agua con los montes, cordilleras y peñascos. Que puede acariciar la superficie de la roca con delicadeza y limpiarla de piedrecillas y de polvo, que puede ir deshaciendo la roca con el tiempo y escarbando, hundiendo estrías y limando las aristas más afiladas. O que puede colarse entre las grietas, llegar hasta las mismas profundidades y en los gélidos ratos expandirse y reventar la roca desde lo más hondo. Y ésta, que sé yo que no es una metáfora que se ajuste demasiado bien a lo que pretendo decir, me parece de una belleza excepcional por aquello de entender el amor como una fuerza natural ante la que uno se encuentra desprovisto.

La vida tiene otras maneras de moldear; uno no es cómo es solo por cómo le han amado. Eso sería simplificar y reducir de manera ridícula esta idea que el italiano compartió generosamente conmigo. «A hostias se aprende», suele decir mi madre. Y vaya si hay golpetazos que no solo enseñan sino que hasta le ponen a uno la vida del revés como un rayo que aparece brillante en un instante y le descarga encima toda la energía del cielo. Hostias que poco tienen que ver con el amor.

Unos días después de que hablar con el italiano leí una obra que cayó como losa sobre esta idea, aplastándola y dejándola fija en el fondo de algún sitio que he de tener yo por ahí dentro. Se trata de Casa de muñecas, de Ibsen. Ahí se nos presenta a la adorable Nora; la muñequita, el adorable pajarillo cantarín de su marido, Torvald. Aquí el amor moldea de una forma tremebunda y arrolladora. Recuerdo sentir un fino hilo de lucidez atravesarme el pecho mientras leía las últimas páginas de la obra. Durante los ocho años de matrimonio, Torvald, ha tratado a su querida Nora como una muñeca, como un juguetillo entrañable. La viene amando, sí, pero como se ama a ese gatillo peludo que te pone ojitos cada vez que quiere un achuchón. Y en estas últimas páginas, Torvald ha de vérselas con las consecuencias de amar tan tristemente. Nora lo sienta y le dice cuatro cosas.

Nora: […] Sólo estaba alegre, y eso es todo. Eras tan bueno conmigo… Pero nuestro hogar no ha sido más que un cuarto de recreo. He sido muñeca grande en esta casa, como fui muñeca pequeña en casa de papá. Y a su vez los niños han sido mis muñecos. Me divertía que jugaras conmigo, como a los niños verme jugar con ellos. He aquí lo que ha sido nuestro matrimonio, Torvald.

Una revelación ha tenido lugar, un ansia de vida se ha despertado. Una voluntad de algo más, ¿una rebeldía nacida del amor?  Por seguir con la tonta metáfora de antes: un nuevo  y bello risco se ha levantado de entre la roca bruta e informe.

Nora: […] Ya no creo en eso. Creo que ante todo soy un ser humano, igual que tú… o, al menos, debo intentar serlo. Sé que la mayoría de los hombres te darán la razón, y que algo así está escrito en los libros. Pero ahora no puedo conformarme con lo que dicen los hombres y con lo que está escrito en los libros. Tengo que pensar por mi cuenta en todo esto y tratar de comprenderlo.

No sé si el italiano habrá leído a Ibsen o qué opinará sobre Nora y su despertar, en parte provocado por el amor de Torvald. He vuelto a hablar con él pero ya no de asuntos tan rimbombantes. De música, le gusta Fugazi. De comida, jamás ha probado la lechuga, el plátano o la naranja. De otras cosas banales, pero aun así cada una de las veces que lo he visto me he acordado de aquel very biuriful y me he sabido moldeado, tocorreado y apretado por los amores de la vida.



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